CALISTO: Sempronio, lleva este mensaje
a Melibea. Entrégale también esa caja de ahí.
SEMPRONIO: Sí, señor.
MELIBEA: ¿Qué me trae, Sempronio?
¿Acaso otro mensaje del señor Calisto? Veamos:
De: Calisto
Para: Melibea
Asunto: Cordón
Señorita Melibea. Ese cordón que me
hizo llegar a través de Celestina se ha convertido ya en una pieza
única de mi colección. Estoy deseando usarlo pronto y supongo que
usted también. La espero el sábado; la víspera de festivo añadirá
más aliciente a nuestros juegos.
SEMPRONIO: Señorita Melibea, mi señor
también quiere entregarle esta caja.
MELIBEA: ¡Oh, una paloma!
SEMPRONIO: Se trata de la mejor paloma mensajera de la ciudad. Es capaz de entregar
mensajes de hasta mil palabras en menos de cinco minutos. Muchos reyes matarían por tenerla.
MELIBEA: No puedo aceptarla. ¿O tal vez debería hacerlo si no quiero parecer descortés? Bueno,
será sólo un préstamo. Dígaselo a su señor.
Cielos, qué serio es este hombre.
Tendría que haberle preguntado algo sobre Calisto, sobre sus
silencios, su manera de estar ausente, y sobre ese rechazo a subir
escaleras.
De: Melibea
para: Calisto
Asunto: Regalos
Señor Calisto. Sabe que no me gusta
que me trate como a una de esas jovenzuelas que acompañan a la puta vieja Celestina que tan amiga suya parece ser. Esta paloma
que me ha enviado será solo un instrumento de comunicación. No
quiero tener que agradecerle nada. Atentamente, Melibea.
Ahora solo tengo que prender el mensaje
a la paloma y, ¡ale!, vuela con tu amo. Voy a darme un baño.
¿Por qué este cuerpo parece rebelarse
contra mis deseos? ¿O es contra mi razón? Porque yo deseo
entregarme a Calisto, o al menos, la diosa que llevo dentro así lo
desea. Pero mi cabeza piensa lo contrario y se niega a someterse a la
tiranía de ese noble que se cree el amo del mundo...
CALISTO: ¿De verdad piensas que me
creo el amo del mundo?
MELIBEA: ¡Cielos! ¿Qué haces aquí?
¿Cómo te atreves a entrar en mi baño? ¿Cómo has llegado tan
pronto? ¿Y de qué manera accedes a mi pensamiento?
CALISTO: Sabes que puedo conseguirlo
todo, incluso adivinar tus miedos y deseos. Pero no estoy aquí para
darte explicaciones. He recibido tu mensaje y no me ha gustado nada
el tono con el que mencionas a Celestina. Ya te dije que esa anciana
había sido muy importante en mi vida.
MELIBEA: Ya lo sé, aunque nunca me has
aclarado si ella también te ha hecho así de pervertido. Nunca me
cuentas nada, por ejemplo por qué ese miedo a subir escaleras.
CALISTO: Señorita Melibea, aquí soy
yo quien hace las preguntas y quien dicta castigos o entrega
recompensas. Creo que voy a tener que usar ya ese cordón que me
envió.
MELIBEA: ¿Me va a doler?
CALISTO: Te dolerá un poco, pero, si
sigues frunciendo el ceño y mordiéndote el labio, no podrás
sentarte hasta pascua de Pentecostés.
MELIBEA: Señor Calisto, sé que le
gustaría que le dijera que soy su esclava, pero no tiene ningún
derecho a presentarse aquí y amenazarme con castigos. ¿Por qué me
mira así? ¿Qué va a hacer con ese cordón? ¿Y esas tenacillas?
(La diosa que llevo dentro aplaude a rabiar)
CALISTO: Date la vuelta y apoya la frente en ese escabel. ¡Oh, Melibea! En esto veo la grandeza de Dios...